de la economía mundial, como el cemento, el acero y la construcción. Estos sectores son difíciles de transformar, y la presión en materia de sostenibilidad los ha impulsado a innovar, en ocasiones de formas bastante radicales. También ha contribuido a cambiar la percepción que se tiene. El cambio climático ya no se considera una cuestión secundaria, sino un riesgo estratégico y existencial. Los datos científicos son indiscutibles. Incluso en épocas de retroceso político, muchas grandes empresas siguen trabajando en cuestiones climáticas en la sombra, porque son conscientes de que los riesgos son reales y no van a desaparecer. En ese sentido, la agenda medioambiental ha contribuido a generalizar la sostenibilidad. Ha creado un lenguaje común, unas métricas comunes y un sentido de urgencia. Sin esa base, hoy en día sería muy difícil mantener un debate más amplio sobre la resiliencia, el valor a largo plazo y el bienestar humano. ¿Qué aspectos de la sostenibilidad han quedado relegados a un segundo plano como consecuencia de este enfoque tan limitado? J. E.: La pérdida más evidente ha sido la dimensión humana. El desempeño medioambiental es más fácil de cuantificar que el bienestar social, la relevancia cultural o la salud mental. Por ello, estos aspectos se han considerado a menudo secundarios u opcionales. En el sector de la construcción, esto tiene consecuencias muy concretas. Son muchos los edificios que se diseñan con una visión a corto plazo, guiados por criterios de eficiencia y de costes en lugar de por la calidad de vida a largo plazo. Construimos espacios que, aunque son técnicamente funcionales, resultan psicológicamente insatisfactorios, monótonos o desconectados de la forma en que la gente vive realmente. La construcción no se limita a satisfacer las necesidades inmediatas. Determina los patrones de vida, la movilidad y la interacción social durante décadas. Cuando ignoramos estos efectos a largo plazo sobre las personas, corremos el riesgo de incorporar el estrés, el aislamiento y la fragilidad al entorno construido. Puede que estos costes no figuren en los balances, pero son muy reales para las sociedades. ¿Cómo contribuye la perspectiva Triple Bottom Line a ampliar esta perspectiva en relación con el entorno construido? J. E.: La perspectiva Triple Bottom Line se diseñó para fomentar la integración. En el ámbito de la construcción, esto ayuda a poner de relieve que el desempeño medioambiental, el bienestar social y el valor económico a largo plazo están estrechamente relacionados. Cuando el marco se utiliza únicamente como una herramienta para asumir responsabilidades, una forma de causar algo menos de daño, rara vez conduce a una transformación. Pero cuando se aborda desde la perspectiva de la resiliencia y la regeneración, cobra mucha más fuerza. Esto plantea varias preguntas: ¿seguirá siendo útil este edificio con el paso del tiempo? ¿Se puede adaptar a nuevos usos? ¿Es lo suficientemente resiliente? Este tipo de mentalidad orienta la sostenibilidad hacia la creación de valor a largo plazo. Reconoce que los edificios y las ciudades son sistemas que evolucionan, y no objetos estáticos diseñados para un único momento en el tiempo. ¿Qué significa esto, en la práctica, para el modo en que diseñamos las ciudades hoy en día? J. E.: En la práctica, esto significa replantearse los plazos. Gran parte de lo que construimos hoy está diseñado para una vida útil relativamente corta y se lleva a cabo con prisas debido a la crisis inmobiliaria. Es un problema grave, porque los edificios suelen permanecer en pie mucho más tiempo del previsto inicialmente y, en ese sentido, lo único que hacemos es generar problemas para el futuro. Es fundamental diseñar teniendo en cuenta la adaptabilidad. Lo mismo ocurre a escala urbana. Las ciudades que funcionan bien a lo largo del tiempo suelen ser aquellas que han evolucionado gradualmente, en lugar de las impuestas mediante modelos de planificación rígidos e industrializados. También implica prestar atención a cómo se vive en esos lugares y al patrimonio existente. La experiencia humana, la rehabilitación de edificios antiguos, la relevancia cultural y el sentido de pertenencia no son un lujo, sino que son fundamentales para la resiliencia a largo plazo y el arraigo social. Ignorarlas puede suponer un ahorro de tiempo o dinero a corto plazo, pero genera vulnerabilidades que resultan difíciles de corregir más adelante. De cara al futuro, ¿qué cambios son necesarios? J. E.: El cambio más urgente es un cambio de mentalidad. La sostenibilidad no es solo un reto técnico, sino también psicológico y cultural. Por naturaleza, tendemos a centrarnos en los problemas a corto plazo y en los beneficios inmediatos, incluso cuando los riesgos a largo plazo son mucho más importantes. Los líderes del sector de la construcción deben dedicar mucho más tiempo al aprendizaje y a la inmersión en experiencias prácticas con el objetivo de crear asentamientos sostenibles. ¡La formación no es solo para los jóvenes! Los responsables del sector de la construcción tienen que ir a ver proyectos que integren con éxito las dimensiones medioambientales, sociales y culturales, a menudo en contextos muy diferentes al suyo. En definitiva, la construcción es uno de los sectores que más influyen en la configuración del futuro. No solo se construyen estructuras, sino también formas de vida. Por lo tanto, un enfoque sostenible de verdad debe tener en cuenta a las personas y el tiempo, imaginando cómo los entornos sostendrán la vida humana no solo hoy, sino en las generaciones venideras. «La construcción no solo responde a las necesidades actuales. Condiciona formas de vida durante décadas. Un entorno construido de forma sostenible debe responder a las necesidades de las personas a lo largo del tiempo, y no limitarse a cumplir con indicadores medioambientales a corto plazo». 09 08
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